Wednesday, 22 April 2009

Mentiras mortales

Well, boys and girls, the teacher has asked the winners of the literature prizes to put them in the blog and here is mine! I really think it's too long, but it's in spanish, and easy to read... I hope the other winners will do it soon!

MENTIRAS MORTALES


Volví a pegarle. Sería la última vez. Podía recuperar el control, calmarme. Una más. Y otra. Y una última en el estómago para dejarle en el suelo. Después me reí y miré a mis dos colegas. Carlos me miraba con su habitual expresión de admiración excesiva. Sentí como mi imagen se deshacía en sus ojos claros antes de mirar a Javier, un chico problemático pero poco agresivo, que me observaba con desaprobación.
-Podrías haberle matado, Adrián. Dime qué te ha hecho ese chaval.
-Es un pijo de mierda, tío, y lo sabes. Ese tío se ha ventilado a mi novia, ¿lo entiendes? Y todo gracias a una camisa de marca y unas zapatillas pijas.
-Quizá le guste –sugirió Carlos, sin malicia.
-Sí claro, y yo soy tu abuela, no te digo. A ninguna tía con un mínimo coeficiente intelectual le puede gustar un tío así.
Carlos bajó la cabeza, como de costumbre. En el fondo me parecía un cobarde, pero me hacía la pelota, y eso me convenía. Le miré detenidamente, y pensé que nunca me había parado a pensar en su aspecto. La verdad es que tenía pinta de chulo barato, pero, a pesar de mi narcisismo, debía reconocer que el tío era bastante guapo.
-Yo sólo digo que este muchacho no se merecía la paliza que le has metido, Adrián. Míralo, no puede ni moverse.
-Pues que llame a su mami.
-Le has roto el móvil –me indicó Carlos por lo bajini.
-¿Qué pasa tíos, que nos vamos a quedar aquí a que vengan los maderos? No quiero volver al reformatorio ese de mierda. Los vigilantes se creían bomberos, no te digo. Yo no vuelvo a pisar eso en la vida.
-Quizá deberías volver y aprender por qué estuviste allí, Adrián –habló de nuevo Javier.
-No quiero hablar de ese tema, tío.
-Tal vez deberías. Es sólo una sugerencia. Puedes hacer con tu vida lo que te dé la gana, que ya eres mayorcito. Pero si piensas que voy a dejar a este chavalín aquí tirado ya te puedes ir dando la vuelta con tu amigo, que ya le faltará tiempo para lamerte el culo. Yo me voy a quedar a ayudarlo.
-Vale ya, ¿no? Que yo no te he hecho nada, tío, ¿qué tienes contra mí? –le preguntó Carlos, encarándole.
-Tengamos la fiesta en paz, ¿no? Ya está bien, creo yo.
-No, de lo que ya está bien es de pegarle palizas a la gente porque te da la gana y encima traerte al niñato este para que disfrute el espectáculo. Adrián, tiene quince años y mucha vida por delante, y no creo que verle en unos cuantos años haciendo lo que tú vas haciendo sea una visión agradable.
-¿Te quieres tranquilizar tronco? –le pregunté a Javier, levantándole el puño.
-Siempre igual, te crees que con levantarme la mano lo tienes todo hecho, tío. Estás muy equivocado.
-¿Se puede saber qué ha pasado aquí? –una mujer joven, no muy alta, e increíblemente atractiva, se había arrodillado frente al pijo.
-No lo sabemos, pasábamos por aquí e intentamos ayudarle, pero mis amigos empezaron a discutir. –Sonrió Carlos.
-Gracias a Dios que he pasado, está escupiendo mucha sangre. Le han pegado bien. Sergio, ¿me oyes?
-Espere… ¿Le conoce?
-Por supuesto, es mi hermano. ¿Me ayudáis o no?
-Lo siento yo me tengo que pirar –solté sin pensar. Salí corriendo. Sólo pensaba en correr y llegar a casa sano y salvo. Sano y salvo, eso que el pijo de Sergio no podría cumplir esta noche. Lloré. Por primera vez en tres años, desde que salí del reformatorio, lloré. Las lágrimas fueron algo útil. Me llevaron a recapacitar sobre aquellos desaprovechados años, sobre que había cumplido veinte años y seguía comportándome como un niño. Y todo, absolutamente todo, porque mi novia, la exuberante y famosa Noelia, había decidido traicionarme. ¿Por qué me costaba tanto entenderlo?
-¿Adrián? –escuché una voz tras la puerta de mi habitación, y cuando abrí la puerta me encontré cara a cara con Sandra, mi hermana pequeña. Era una niña de trece años, guapa, bajita y rubia, con unos ojos verdes iguales a los míos, sólo que los suyos eran limpios y dulces.
Se sentó en mi cama y me cogió la mano.
-¿Qué ha pasado? –preguntó con su voz de soprano ligero.
-Nada –me sequé las lágrimas con el dorso de la mano, pero sospeché que ya era demasiado tarde.
Sandra se quedó mirando al vacío, con el rostro contraído y preocupado. Me incliné hacia ella para darle un beso en la mejilla, pero me rechazó, apartándose.
-¿No crees que hay que poner fin a esto?
-No veo el modo.
Sandra se giró y salió de la habitación, llorando ante una causa perdida.

-¿Estás loco, tío? –me dijo Javier, cuando, al día siguiente, quedamos para salir-. Aquella tía por poco nos mata. Nos quería llevar a declarar como testigos, y le tuvimos que decir que no habíamos visto nada. Aquello sí que fue bueno. Nos dijo que le habíamos pegado nosotros, y se lo llevó al hospital. Creo que está realmente grave.
Yo me reí y sonreí a Carlos, tratando de llamar su atención. Sin embargo, por primera vez, permaneció inmune a mi risa. No sabía que había pasado, pero todo había cambiado en una sola noche. O eso creí hasta que Carlos me devolvió la mirada y dibujó una sonrisa en su redondo rostro adolescente. Me sentí mucho más tranquilo.
-¿Vamos hoy a mi casa? –propuse-. No está mi hermana.
Javier pareció ponerse tenso, aunque deduje que sería un escalofrío.
-No… Vamos donde siempre –e inició el paso. ¿Desde cuándo se rechazaban mis propuestas?
Sin embargo les seguí hasta el pequeño y aislado parque dónde nos reuníamos normalmente. Me senté al borde de un banco y encendí un cigarrillo. Le ofrecí uno a los chicos, que declinaron la oferta. No sabía por qué, pero tenía un mal presentimiento. Mis temores se realizaron cuando vi un Audi recién matriculado dirigirse hacia nosotros. Pero cuando me giré para avisar a mis amigos, no había nadie.
-¿Qué queréis? –pregunté cuando un chaval alto, musculoso y moreno se acercó.
-Así que tú… Lo suponía. Te creías muy listo allí –lo recordaba. Era un chico del reformatorio, le había pegado para quitarle el tabaco en un par de ocasiones.
-¿A qué viene esto?
-Tu amiguito ese al que has pegado me ha pagado. Bueno, miento, lo ha hecho su adorable hermana. A tus amigos también les pagó. No se lo tengas en cuenta.
-¿Pagado para qué? -y vi el revólver.
Mi último pensamiento, fue para mi hermana, mi niña, la única persona que había confiado en mí. Por culpa de mis continuas mentiras, se iba a quedar sola. Recordé su rostro, y, arrepintiéndome de mi propia vida, me dejé llevar por la muerte.

1 comment:

Beeiitaa said...

Luuu your story is incredible!!!I love it!!